Los ‘minutos basura’

Pilar Cambra – Expansion & Empleo

Esos quince últimos minutos con los pies orientados hacia la salida de la oficina y la cabeza en cualquier parte menos en el trabajo no son nada. ¿Y sumados día tras día? Pueden ser años.

Llámanse “minutos basura” –como saben perfectamente los aficionados a cualquier deporte de competición– a aquellos en los que un partido está ya decidido pero no se ha agotado el tiempo reglamentario… O sea: ese lapso en el que todo el mundo empieza a mirar el reloj –con agonía, si se trata de los vencedores; y con cierta esperanza en que aún existen los milagros, si hablamos de los vencidos– y, además, el graderío grita estentóreamente al árbitro del partido que haga el favor de mirar el suyo, su reloj, para acabar cuanto antes con semejante desperdicio de tiempo…

Según cuentan crónicas y cronistas, fue allá por el final de la década de 1980, en plena moda de los duelos Celtics-Lakers, cuando se trasvasó al lenguaje futbolístico algo muy de la NBA: los ya mentados minutos de la basura, los “minutos basura”, los de la tortura de jugadores y seguidores. Porque, en baloncesto, parecía –según me confirman los expertos consultados –, no había forma de levantar ventajas de 15 puntos en ese ínfimo plazo y, en fútbol, el partido quedaba sentenciado al marcar el 2-0 en el minuto 56. A partir de ahí venía la desgana, el hastío, el perezón… Vamos, lo que esa luminaria de la filosofía de lo cutre y vergonzoso que es Homer Simpson resume en su lema de “si algo es difícil de hacer, no merece la pena hacerlo”.

Pero resulta que, a punto de comenzar el año 2000, un futbolista británico llamado Sheringham –no dirán que no me he documentado, ¿eh?…– le dio el empate al Manchester United FC en el tiempo de descuento (minuto 91) de la final de la Liga de Campeones ante el Bayern Munich en el Camp Nou de Barcelona. Y, en el minuto 92, ayudó a Solskjaer a anotar el gol de la victoria de su equipo al rematar de cabeza un balón en un corner… ¡Já, con los “minutos basura” transmutados en “minutos de platino, iridio y diamantes”!

Se dice que, desde entonces, la desgana y la desidia de los últimos instantes de un partido de fútbol que se da por ganado –o por perdido– irremisiblemente ya no son despreciables sino muy preciados… El lenguaje de la NBA ha quedado relegado al olvido y, con los nervios a punto de ignición, se oye musitar en las gradas algo mucho más taurino: “Hasta el rabo, todo es toro”…

En otro terreno, el de la lectura, tampoco hay “minutos basura” que valgan… He visto pasajeros de los autobuses públicos –incluida yo en varias ocasiones– a punto de romperse la crisma porque se bajan del vehículo sin perder página, enganchados a la historia de asesinos y detectives de Millenium, o, incluso, a la del adulterio de Ana Karenina, que de todo hay en la viña de la pasión lectora… ¡Y lo más gordo es que, una vez han tomado tierra felizmente, siguen con las narices metidas en el volumen!

La verdad es que no sé si puede decirse lo mismo –la extinción de los “minutos basura” en deporte y lectura– referido al trabajo, a cualquier trabajo y a todas las tareas… Porque tengo observado, por ejemplo, que, diez minutos antes de que se eche el cierre en una tienda, en un banco, en una cafetería, en cualquier lugar de negocio, es difícil, muy difícil, dar con alguien que te atienda como Dios manda, sin poner cara de que le estás machacando el hígado, escuchándote con paciencia o, por lo menos, con benevolencia.

Y es que, a lo largo –lo muy largo, en bastantes ocasiones– de la jornada laboral hay tramos de tiempo horribles, como condenados a ir directamente al cubo de la basura de la distracción, del no estar en lo que se debe estar: ese cuarto de hora anterior a la comida, cuando las tripas te rugen “¡vámonos ya de una buena vez!”… Y, desde luego, ese cuarto de hora que precede a la hora de la salida en la que los pies y el pensamiento se nos van hacia la calle como los de Fred Astaire comenzaban a taconear en cuanto Ginger Rogers aparecía en escena…

¿Y qué pasa? ¿Qué tiene de malo despistarse, desinteresarse, escalar los cerros de Úbeda en esos “minutos basura”? Ciertamente puede que no suceda nada; pero también puede ocurrir que la llamada telefónica que suena en esos momentos de desgana sea decisiva y que atenderla malhumoradamente, con prisas y a la ligera, nos cause un gran disgusto posterior… Y puede ocurrir que esa cifra que no revisamos dé al traste con el trabajo de varias semanas… Y puede que esa cita que aplazamos para mañana estuviera preñada, hoy y ahora, de oportunidades.

Sí: es cansino –y hasta heroico– mantener el tipo, la ilusión, el temple, la atención en vilo y la mente despierta todos y cada uno de los segundos de los “minutos basura”, hasta el último. Lo cierto es, sin embargo, que cuando están vivos la laboriosidad, el entusiasmo, la pasión, el gusto por nuestro trabajo, nuestra tarea y nuestras obligaciones, el tiempo vuelve a ser lo que la sabiduría popular siempre dijo que es: oro.

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