El camino a lo más alto está plagado de mentiras

Lucy Kellaway – Columnista de Financial Times

El lunes pasado, en el Festival Floral de Chelsea pude ver a un ex primer ministro británico hablando con el ex director de un periódico. El primero mostraba una amplia sonrisa y parecía entusiasmado con el encuentro. No obstante, cinco minutos antes alguien le había oído pronunciar un despectivo comentario sobre el ex director; es más, se le pudo ver intentándose ocultar detrás de una maceta gigante para evitar coincidir con él. ¿Qué nos dice esta actitud del político, que es un falso impresentable o que cuenta con la exquisita educación que se le exige a una persona de su talla?

La semana pasada, escuché en la radio a la psicóloga australiana Dorothy Rowe hablar de su nuevo libro, Por qué mentimos. Incluso las mentiras más insignificantes, decía, responden a un temor de dañar la idea que tenemos de nosotros como personas. Sin duda, el engaño responde a una mezcla de pragmatismo y temor. En mi opinión, la mentira puede ser bastante útil.

En el último número de la Harvard Business Review aparece un artículo según el cual, las personas más influyentes mienten mejor. Los investigadores de la Escuela de Negocios Columbia Business School pidieron a los jefes y a algunos empleados que robaran un billete de cien dólares y convencieran a alguien de que no lo habían cogido, una estrategia que los superiores utilizaron mucho mejor que sus subordinados.

A principios de mes se publicó otro estudio de los psicólogos de la Universidad de Toronto, según el cual, los niños que empiezan a mentir a los dos años tienen más posibilidades de tener éxito cuando crezcan. La mentira entraña un proceso según el cual se puede mantener la verdad en el subconsciente mientras verbalizamos otra idea de forma simultánea.

Según estos estudios, los más inteligentes llegan a lo más alto basándose en el engaño y, una vez que alcanzan el poder, se ven obligados a mentir aún más. El mundo está dirigido por estafadores como Kenneth Lay, fundador de Enron.

No creo que la realidad sea tan cruda. Por un lado está la mentira llevada al límite, algo nefasto, pero también tenemos las mentiras piadosas, mucho menos dañinas. Para avalar esta teoría, es fundamental pasar una jornada en la oficina, donde la falta de sinceridad alcanza un alto nivel de sofisticación. La gente que más prospera, como nuestro ex primer ministro, ha superado la fase avanzada y sabe hasta qué punto puede contar versiones distintas a diferentes personas y mantener –esperemos– una pizca de sinceridad.

Todo consiste en saber qué mentiras perjudican y cuáles son útiles; en entender que la verdad es un concepto flexible y en saber darle la forma adecuada en cada momento. Las personas más estúpidas, groseras y los más jóvenes no utilizan estas técnicas.

A veces nos encontramos con adultos que tampoco han hecho grandes progresos. La semana pasada me crucé con un conocido al que había invitado a la presentación de mi libro, a la que no asistió. “Te eché en falta”, le dije. “Me invitan a muchas fiestas y pensé que podía prescindir de la tuya”, me espetó. Las personas que hablan con esa sinceridad tienen los días contados en una empresa. Las oficinas están hechas de mentiras. A diario tenemos que fingir que nos gusta la gente con la que trabajamos, que estamos satisfechos con nuestros empleos, que estamos convencidos de que nuestra empresa es mejor que la competencia. Cuando el jefe, nervioso, llega y me pregunta qué tal voy con mi columna, le respondo: “Ya casi está. La tendrás a las seis”. Lo primero es mentira, he estado perdiendo el tiempo y acabo de empezarla. En la hora no puedo engañarle. Estoy orgullosa de mis mentiras, de mi capacidad de adaptar mi comportamiento a las circunstancias y espero que mis hijos aprendan la lección. Hace poco le pregunté a mi hija de 17 años cuántas mentiras había soltado ese día. “Ninguna”, respondió. Me preocupó que incluso la respuesta fuera mentira, aunque más me inquietó que no supiera mentir. Me tranquilizó darme cuenta de que eran las 8 de la mañana; a esas horas, todavía no había tenido tiempo de pronunciar una sola palabra.

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