Por qué los ejecutivos son como niños pequeños

Lucy Kellaway, columnista de Financial Times.

El principal motivo de que se evite comparar a los directivos con los niños pequeños es que se choca con la creencia de que el liderazgo es un interminable viaje de mejora o un eterno aprendizaje.

Bob Diamond rebosa energía y entusiasmo. Le gusta asumir riesgos. Es resuelto: sabe lo que quiere y va a por ello. Muestra su audacia al asumir alegremente un cargo para el que tiene poca experiencia. Utiliza un lenguaje (relativamente) sencillo. Se sabe que se ha cogido berrinches. Es codicioso y siempre quiere más.

Nunca le he conocido, pero por lo que he leído sobre él, confío plenamente en que va a ser un excelente consejero delegado de Barclays, ya que encaja a la perfección con una nueva teoría sobre el liderazgo sorprendente, radical, pero completamente convincente. Esta teoría dice que los mejores ejecutivos son como niños pequeños.

Hasta la semana pasada, siempre había pensado que los peores consejeros delegados eran los que tenían más en común con los niños de dos años. Ambos grupos suelen caminar erguidos. Ambos dicen con mucha frecuencia “mío” y no les gusta compartir nada. Ambos prestan poca atención. Carecen de sentido común y tienen problemas para escuchar. Los ejecutivos y los niños pequeños también tienen tendencia a ver al resto de seres humanos como objetos. Ambos inspiran miedo en sus empleados. Y cualquiera que haya observado cómo se comportan los niños pequeños en los aviones entenderán por qué es una buena idea que los ejecutivos viajen en jets privados.

Pero recibí un mensaje que me hizo entender la verdad. Los niños pequeños, exponía, no son modelos negativos, sino que disponen de las aptitudes perfectas para dirigir empresas cotizadas.

Este descubrimiento lo hizo Nicholas Brann, un ex banquero cuyo tercer hijo estaba a punto de cumplir los dos años. Temía esta fase, por lo que decidió recurrir a su mejor talante y hacer una lista con los aspectos buenos de los niños pequeños. Una vez terminada, se dio cuenta de algo extraño. Todos los rasgos positivos que recordaba de sus hijos pequeños eran los mismos que caracterizaban al mejor consejero delegado para el que había trabajado a lo largo de su vida. Su lista, que incluye muchas de las características de Diamond, dice así:

• Los niños pequeños rebosan energía y entusiasmo. No se puede convencer a un niño que quiere algo y va a por ello al 100%.

• Los niños pequeños asumen riesgos por naturaleza. Se suben al pasamanos sin ningún miedo.

• Los niños pequeños son insistentes. Cuando se les dice que no pinten en un DVD, esperarán unos minutos y después volverán a hacerlo.

• Los niños son preguntones. No se conformarán con la respuesta típica y seguirán preguntando: “¿Por qué?”.

• Los niños pequeños son creativos. Sus garabatos en paredes y sofás traicionan su imaginación.

• Los niños pequeños tienen un gran don de gentes. Pueden ablandar el corazón más duro a base de abrazos y besos.

Es un espléndido comienzo, pero creo que hay más rasgos que los mejores ejecutivos comparten con los niños de dos años. Se muestran firmes y no tienen problemas para dar una respuesta negativa. No se cohíben. Se aproximarán directamente a alguien y le preguntarán: “¿Quién es usted?”. Toman buenas decisiones; no necesitan que Malcolm Gladwell les diga que confíen en sus instintos.

Sé que con esto sólo se rasca la superficie (aquí hay material para muchos libros sobre liderazgo). De hecho, es un misterio que no se haya escrito ninguno aún cuando se piensa en todos los que hay sobre las lecciones de liderazgo que pueden extraerse de las luchas tribales, las orquestas, el boxeo, el montañismo e, incluso, la apicultura.

Sospecho que el principal motivo de que estos pensadores hayan evitado los paralelismos con los niños pequeños es que chocan con su creencia en la idea de que el liderazgo es un interminable “viaje” de mejora o un “eterno aprendizaje”. La teoría de los niños dice lo contrario. Los buenos líderes ya disponen de las características adecuadas, el truco está en evitar reducir su ventaja cediendo a demasiadas sutilezas por el camino.

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